jueves, 31 de octubre de 2013

Los Fantasmas de la Colonia Juárez (III)


Los Fantasmas de la Colonia Juárez (I)

Los Fantasmas de la Colonia Juárez (II)


III. Araceli

Retomé mi camino y pasé a la calle de Hamburgo, pensando que si no encontraba una tienda abierta, me dejaría de pendejadas y me dirigiría a Reforma. Allí seguro no se pasearían los fantasmas.

Comenzó a chispear. La lluviecilla tenía también un pálido ritmo, que fue penetrando mi alma. Sentí que estaba comprendiendo la voz de la lluvia y me dio mucho miedo, más que las apariciones. La noche se confabulaba. Quería permitirme ver a la oscura naturaleza en pleno rostro y una cosa era cierta: yo no estaba preparado para verlo.

Había entendido que yo no estaba preparado para ver más allá de las superficies, para comprender más allá de mis narices. Había entendido ya que los fantasmas habitaban la soledad de quien rechaza su suerte y se nutre de mentiras e ilusiones. Pero no atinaba a explicarme por qué me buscaban. Quería no pensar en ello, llegar a Reforma, entrar a un Sanborns iluminado y comprar los cigarros.

A las dos cuadras, me encontré una chava muy guapa. Blusa y minifalda negras; botas del mismo color hasta debajo de la rodilla. Sacaba de una bolsa negra, adornada con chaquira, una cajetilla nueva de Marlboro. Parecía dirigirse a un coche estacionado.

-Oye, perdona –me le acerqué- ¿Dónde compraste esos cigarrros?

-De aquí de la tienda –y señaló un edificio ruinoso y oscuro.

Antes de dar un paso hacia él, vi el rostro de la chava. Palidísimo. Destacaban sus ojos negros, a los que el maquillaje hacía parecer enormes, y los labios nacarados, insólitamente secos a pesar del bilé. Los delgados brazos eran prácticamente blancos. En seguida constaté que el edificio de la tienda estaba desmantelado. Arbustos y espinas asomaban del carcomido portón de madera.

La aparición me ofreció un cigarro. Lo tomé con mano temblorosa.

-Siempre te he gustado, ¿verdad?

Entonces me di cuenta y la piel se me puso de gallina. A esta chava yo la miraba y la admiraba cuando era niño. Ella vivía a media cuadra de la embajada de la República Española en el exilio y yo solía seguirla a distancia. La perseguía con los ojos. Intentaba aspirar y absorber el rastro de su perfume en la calle. Ahora reconocía que estaba vestida a la moda de fines de los años sesenta, tal vez con el vestido que llevaba puesto el día en que murió.

Tenía razón. Han pasado cuarenta años y me seguía gustando.

Bosquejó una débil sonrisa y se pasó los dedos por el largo cabello negro ensortijado, que parecía tener la consistencia de una nube cargada.

-Me acuerdo de ti muy bien. Eras Huguito.

-Ahora soy Hugo –le dije, sorprendido y halagado de que ella, a quien yo había considerado una Venus de carne y hueso, se hubiera fijado en mi existencia cuando yo apenas era un mocoso.

-Siempre fuiste precoz –sonríe con un dejo de coquetería-, desde muy chiquito te atrajeron las niñas, y las no tan niñas. Me acuerdo bien de cómo me mirabas; eras tierno y tenías una audacia, o un gusto, que a los demás suele tardar mucho en desarrollarse. Pasaba yo y sabía que ya no prestarías atención a las canicas o al partido de futbol por seguir mis pasos con tus miradas. Aunque fueras chiquito, eso me gustaba mucho. Era una admiración pura.

No sé si me sonrojé. Poco a poco, el fantasma de Araceli me iba fascinando. La forma de mover los brazos y las manos, que caían como breves cascadas de espuma ¿y carne?, la seducción de sus ojos y sus labios, la figura cachonda y al mismo tiempo inasible, el lenguaje corporal que me invitaba, las palabras melodiosas, todo se iba combinando para que la desazón que me había acompañado desde hacía tiempo me empezara a abandonar. Para que yo mismo comenzara a abandonarme.

Estaba por avanzar hacia ella, para platicar más de cerca, cuando reparé en su largo cuello, de perfectas formas. Llevaba una gargantilla de tela negra, a la usanza de sus últimos años, que subrayaba la longitud de la nuca y le daba un aire de elegante distinción. Entonces vi un hilito rojo que despuntaba debajo de la gargantilla. Enfoqué la vista y noté dos cosas: una era la desproporción entre el cuello y el cuerpo; la otra, que la hebra roja era de sangre coagulada. Ese detalle me volvió a poner en guardia. Me recordaba demasiado las imágenes de los vampiros a los que les sale un hilito de sangre luego de seducir a sus víctimas.

¿Era un fantasma o era un vampiro? ¿Qué habían sido Manuel y don Pedro? ¿Les habría yo donado, sin saberlo, algo de mi vida y de mi esencia? ¿O habría dos clases de semimuertos merodeando la colonia?

Con Araceli sentí claramente un desgarre. Una parte de mí ansiaba fervientemente acercarse a ella, entrar con esa figura femenina al mundo de lo desconocido. Otra hubiera ya pegado la carrera hacia el refugio luminoso de Reforma si no hubiera estado maniatada por la curiosidad. El desgarramiento se resolvía en algún lugar del vientre, en un punto entre el corazón y las vísceras, muy cercano al diafragma, que temblaba ostensiblemente. Le di una fuerte chupada al cigarro.

-No tengas miedo –dijo con una risa burlona que, sin embargo, me invitaba-; no te voy a comer.

Hice acopio de fuerzas para no dejarme llevar por ninguno de los impulsos que amenazaban con desbarrancarme. Adivinaba en los ojos de ella la seguridad de que me vencería y me llevaría consigo. Tenía que resistir a su vano canto de sirena. No obstante, internamente bramaba por seguir escuchándolo.

-¿Por qué te has presentado ante mí? –le pregunté, por fin- ¿Qué quieres? ¿Qué pretendes? –y mi tono era ya casi desafiante.

La figura sonrió de nuevo. Esta vez casi con cautivadora ternura. Se recargó en el auto, abriendo ligeramente las piernas. Habría que estar en guardia.

-Te podría dar muchas respuestas –dijo-. Te podría decir, por ejemplo, que tú fuiste quien me buscó. Que no es cierto que quienes dejamos de estar vivos nos aparezcamos así nomás, por gusto, si no somos de alguna manera convocados. Te podría asegurar que me llamaste, que en un sitio perverso de tu mente has soñado en hacer el amor conmigo, sin importar condiciones. Soy tu primer sueño húmedo, Hugo. Por tanto, también soy el último.

De nuevo se me puso la carne de gallina. Me dio frío. La preocupación de que yo tampoco estaba vivo se hizo cada vez mayor. ¿Me habría atropellado un borracho cruzando Versalles? Entonces volví a respirar hondo, para cerciorarme de que a mis pulmones entraba oxígeno. Si eso no bastaba, me quedaba la clara sensación del corazón dándome tumbos. ¿Por qué eran los fantasmas tan dados a pronunciar frases que me hacían dudar de mí mismo?

-Podría decirte, si te complace, querido Hugo, que vine a contarte la historia de mi muerte, motivo de tantos rumores y que calentó tu mente de niño que despierta al sexo. Te podría dar una versión falsa y tú la creerías de todos modos. Podría ser una mentira que dulcifique las circunstancias en las que dejé el mundo. Podría ser una que las hace todavía más escandalosas y morbosas. Quizás podría ser que quiero ser de nuevo seducida por la carne y estoy aquí para ver qué tan cierta es la fama que has propagado al mundo entero. O finalmente, porque las mascotas que tenía se me escaparon.

Me volví a dar cuenta de que estaba vivo –al menos, de que no estaba muerto del todo- al advertir dos sensaciones contradictorias: las rodillas que flaqueaban y el cosquilleo en el bajo vientre. Me dije que tenía que estar muy consciente de mis percepciones físicas para no dejarme llevar por la marea de su voz.

Ella sabía demasiado. Mi primer sueño húmedo. La fama que presumía “en el mundo entero”, a través de cuentos porno soft en Internet, en los que mi dotación viril era motivo de gozo, deseo y envidias. La aparición parecía haber escudriñado en lo más íntimo de mi ser. Eso decía su mirada embarrada, que sólo se enfocaba a mi alma.

¿Y si la había inventado yo en un insólito delirio? ¿Cómo demostrarme su existencia o su inexistencia? Por un segundo, sentí el impulso de abalanzarme hacia ella, para no palparla, para comprobar que era humo de mi mente. El miedo me detuvo. Si no era producto de mi creación, estaría yo en su red.

El caso era que Araceli me traspasaba con su mirada. Ante ella, yo era el transparente. Y ella, a pesar de su calidad de espectro, era opaca para mí. Como sólo pueden serlo los mitos. ¿Estaba yo dispuesto a correr los riesgos de envolverme con ese mito?

Tenía que hacerme de una estrategia para conocerla más, comprender sus intenciones, ganar tiempo y, en todo caso, pensar en una salida digna.

-Quiero saber cómo moriste –dije al fin-, mi vida sexual ha quedado marcada por los relatos que siguieron a tu muerte –y en verdad, bien mirado, no mentía.

-Morí en un accidente de auto, eso todos lo saben; fui despedida hacia arriba y, cuando el coche volcó, quedé degollada entre el asfalto y el borde del quemacocos –pasó el índice y el pulgar por la gargantilla negra, la apretó como para demostrar que lo que cubría era un vacío.

-Bueno, eso lo comentaron todos en la colonia.

-Tú quieres escuchar lo otro, ¿verdad? –dijo, y acompañó sus palabras con una deliciosa inclinación de la cabeza, dando a entender que aquello era parte de su juego de seducción.

Asentí serio, casi infantil.

-Yo siempre quise mucho a mi hermano Jaime. Mostraba hacia él, desde pequeña, una dócil ternura, mezclada con admiración. No se puede usar otra palabra. Rubio, alto, fuerte, bien proporcionado, con facciones que eran al mismo tiempo dulces y masculinas. También era brillantísimo. ¿Cómo podría describirlo sino así? Inteligente, vivaz, para él no había verdades definitivas, se cuestionaba todo con las preguntas más punzantes que te puedes imaginar.  Desde muy pequeño asombraba a mis papás, que son profesores universitarios. Figúrate a mí, que le llevaba sólo un año.

-Llegó la adolescencia y descubrí que le gustaba mucho a mis amigos y compañeros –se pasa la pálida lengua por los pálidos labios-. Por supuesto, yo también encontré que me gustaban. Me gustaban sus lisonjas, la súbita timidez que mostraban frente a mí, la sensación de superioridad que eso me daba. Ellos hacían grandes esfuerzos por acercarse y merecerme. A mí sólo me bastaba ser yo misma. Sin embargo, siempre los comparaba con Jaime. Frente a él, mis pretendientes eran unos mocosos frívolos. Unos fantoches. Unos torpes chimpancés –y frunce el ceño-. No me maravillaba que ellos me admiraran y me desearan. Entre desdenes, les dosifiqué mis gracias. Jaime no, Jaime tenía esa ambigüedad maravillosa que hace apetecibles a ciertos hombres elegidos.

Esa confesión ratificaba un elemento esencial de la leyenda de Araceli. Cuando pensaba que eso también me permitía el respiro de escucharla sin esperar un avance de su parte o de la mía, Araceli terminó la frase:

-He de decir que he adivinado una ambigüedad similar en tu mirada.

Tenía que mantenerme en guardia. Ella seguía hablando, pero entendí que su retórica me tenía a mí como objetivo final:

-Una tarde Jaime llegó a cenar y sentada junto a él, me di cuenta de que lo miraba con otros ojos, no con los de hermana. Sentí que mi boca temblaba, que mi furia interna se amansaba ante su presencia. Que sólo ante él podía inmolar mi soberbia y mi libertad. Sólo con él podría sentir la felicidad de abandonarme, porque sólo él era capaz, a mi sentir, de conducirme.

-Seguí saliendo con varios muchachos –continuó-, pero mi corazón estaba con Jaime. Ahí, guardado. Si bien me contuve, cuando un novio efímero me besaba, de cerrar los ojos e imaginar que estaba con mi hermano, pasé noches envuelta en sudor, inmóvil, con la amarga convicción de que mi amor estaba prohibido, de que lo más bello que había sentido en la vida era abominable, algo vergonzoso que tenía que esconderse. Esos conflictos me desgastaban y amanecía agotada, frágil. Llegué a acostumbrarme a esa autoflagelación. Incluso a amarla.

Así que detrás de la jovencita aparentemente despreocupada que me llenaba las pupilas, había una historia de pasión, y martirio. El canto de sirena iba envolviéndome. Araceli se deslizaba lenta y progresivamente hacia el portón del edificio en ruinas.

-Hubo un momento, una noche en el sesentayocho –prosiguió ella, acomodándose la cabellera de niebla- que Jaime dejó entrever que la fascinación era mutua. El había entrado a la Universidad, estudiaba filosofía y se dedicaba a divulgar a todos sus hallazgos, con los que derrumbaba ídolos, catedrales y civilizaciones enteras. Vieras, Hugo, él era muy sensual, pero su principal zona erógena era su cerebro. Esa noche, pues, con la mirada brillante, pero con actitud displicente, tumbado lánguidamente como pachá en el sillón, y como quien no quiere la cosa, dijo que el tabú del incesto era “una despreciable construcción cultural, una camisa de fuerza social”. Recuerdo perfectamente esas palabras. Recuerdo perfectamente que me veía por el rabillo del ojo mientras las pronunciaba.

Por un instante, la figura de Araceli se confundió con el portón apolillado. Al siguiente, yo ya había recargado mi mano sobre la madera, y la puerta se había entreabierto. En la penumbra, su álgida, pero emocionada voz seguía hechizándome.

-Las prohibiciones sexuales, decía mi hermano, eran edificios artificiales erigidos por la sociedad para mantener las jerarquías. Como el Estado, eran una máquina de opresión que nos mutilaba y nos impedía el contacto con nuestra verdadera naturaleza. Yo había sentido durante meses y años mi alma amputada por la ausencia de Jaime, oprimida por la imposibilidad de amarlo como yo quería, ladrándole a la noche como perro sin amo, y ahora él, bienaventurado, me decía lo mismo. Sugería con sus frases, pero también con su mirada, que nuestra verdadera naturaleza era fusionarnos.

Bajé por un momento la vista y de repente sentí una humedad añeja que se me pegaba al cuerpo. ¿Era ella? Cuando me sacudí y realcé los ojos, Araceli se había adentrado unos metros y estaba de pie frente a un marco vacío: la entrada a lo que fue un departamento. ¿Me tocó para distraerme? Pasaron varios segundos para convencerme de que no era cierto: la humedad rancia estaba ahí, era una particularidad de esas ruinas. Luego me desconvencí y apareció otra duda: ¿habré sido inoculado por ella?

¿Por qué no me largaba ya? ¿Qué me retenía, qué maldita curiosidad me hacía penetrar una casa oscura de paredes corroídas, con grietas por las que se puede pasar la mano, en persecución de un fantasma? ¿Era de veras tanto mi deseo? La razón luchaba. Para mí Jaime no había sido más que un güerito distante, algo mamón. Para ella, cada frase suya de estudiante frívolo, era la Verdad Revelada, un misterio de amor. Ese sesentayocho de ruptura y reventón, pero no de revolución, que fue lo que retomé, admirado, de la generación de mis hermanos, sirvió en mucho para darle en la madre a mi vida. ¿Por qué no escapaba de una vez por todas? ¿Por qué ansiaba superar mi miedo y seguir escuchándola? Mis pies, mi cuerpo entero desobedecían, obstinados, al cerebro. 

Sentí otra caricia helada en el mentón. El fantasma continuó su historia:

-Y una noche regresábamos Jaime y yo de una fiesta. Nos habíamos divertido mucho, habíamos bebido y, en el coche, cruzamos miradas y sonrisas. Esa sonrisa cómplice que ya sabes. Pasó su mano sobre mi cabello. Cuando lo fue recorriendo, entendí que yo lo atraía, que lo excitaba. Me recosté en su pecho. Me colgué de él un segundo, luego empecé a juguetear, pasando las manos por el torso, pasándole con mis uñas el hormigueo que sentía en el estómago. Bajé al abdomen, toqué los muslos y percibí que tenía una gran erección… como la que adivino que se está gestando en ti. Cerré los ojos y recorrí su verga con mis manos. Grande y rígida y vibrante y viva. Tengo grabada esa magnífica sensación táctil. Entonces escuché un rechinido, las láminas que golpeaban, todo dio vueltas y salí volando. Pero no al cielo, como ves.

Hizo una pausa. Alzó los ojos y me miró:

-Y como que me quedé con ganas de más –dijo, con una sonrisa de niebla, avanzó y me tocó el muslo, fue subiendo la mano hasta que, de la sensación glacial me retiré un paso, sin dejar de observarla.

-Serás mío, lo sé – vaticinó-. Lo han sido tantos, ¿sabes? Aun después de muerta. Aun carne con carne.

-¿Carne con carne? –inquirí-. Pero si me tocas y es un viento helado.

-Yo tenía una amiga en la prepa, Marcela, no sé por qué la escogí, tal vez porque era guapa, o si fue casualidad. A lo mejor en el momento anterior a la muerte se produjo en mí una descarga que se esparció de forma aleatoria y terminó alojándose en su cerebro o en su alma. Así ella tuvo conciencia de mí, o para decirlo con palabras que me gustan más, yo la poseí.

-Y viviste en su cuerpo –concluí.

-A ratos. Los suficientes para enseñarle el baile de la gallinita, para hacerla buscar hombres de manera casi desesperada, para que encontrara a Jaime, lo sedujera y soñara equívocamente que él le había puesto yombina en la copa mientras yo gozaba plenamente el sexo del hombre que amé. Pero ella sabía que yo la ocupaba, y huyó. Se fue a París. No la pude seguir, no sé si sepas que los fantasmas nos quedamos siempre cerca de donde vivimos o donde morimos, pero sentía el contacto. Marcela ya estaba infectada de mí, y acabó suicidándose diez años después.

-Eres infecciosa –dije, pero sin querer correr, y es que hay quien le huye a la vida, como si ese soplo fuera el de un triste, maligno espíritu. En la huida, la inquietud y la debilidad se apoderan de su ser. Así me sentía.

-Apasionadamente infecciosa, Hugo.

“Hay una entrega que es de muerte. Una entrega que es de vida. Tengo que conformarme con la primera”, me dije. Su cuerpo –o su no-cuerpo- era un océano en el que me disolvería.

La nombré: Araceli. Postulé su nombre. “No eres cosa”, le dije, sin abandonar mi miedo, “eres energía”. Caminé hacia ella y la abracé, y sentí como si miles de plumas revolotearan alrededor mío. Lo hacían lentamente, en una danza sin tiempo, me envolvían y me atraían con una gravedad irresistible. Entendí entonces que el erótico es un reino acechado por fantasmas. Está allí donde la corporeidad se pierde: en esa precisa frontera en la que la materia no es valladar de la muerte, y la vida y la muerte se fusionan. Me fui contra un muro y dulcemente me dejé caer.

En un cambio brusco de ritmo, sentí como una ráfaga me abría súbitamente el zipper del pantalón. Y de repente escuché que alguien cantaba desde quién sabe qué inframundo:

Che gelida manina
Se la lasci riscaldar.
Cercar che giova?
Al buio non si trova.
Ma per fortuna
è una notte di luna,
e qui la luna
l'abbiamo vicina.

Continuaba el aria, y yo entendía cada una de las palabras: “¿Quién soy. Soy un poeta. ¿Y qué hago? Escribo. ¿Y cómo vivo? ¡Vivo! En mi alegre pobreza derrocho, como gran señor, rimas y cantos de amor. De sueños y quimeras y de castillos en el aire, tengo el alma millonaria”.

Esa voz era conocida. Sí. Era la del orate inofensivo que rondaba la colonia cantando ópera cuando yo era niño, y que, al acabar la tercera o cuarta aria, se acercaba a saludarme y se presentaba como David Pedro Carolino José Carlos Mariano del Refugio Anselmo Julio Antolín y quién sabe cuántos nombres más. Volteé a la zona de donde provenía la voz y divisé no uno, sino dos fantasmas. Uno era el desastrado cantante. El otro, un hombre canoso y ligeramente encorvado, de mirada triste. Intuí o, es más, alcancé a adivinar que era Jaime, probablemente muerto hace poco, y que ahora la hacía de voyeurista de su hermana.

El rostro de Jaime tenía la triste palidez de la locura, una palidez de luna. ¡Eso es! Manuel y Don Pedro eran fantasmas cuerdos. Estos otros estaban locos. David Pedro Carolino José Carlos seguía cantando, para animar la velada:

Nessun dorma! Nessun dorma!
Tu pure, o, Principessa,
nella tua fredda stanza…

¿Qué había en las costas de la Isla de las Sirenas?, intenté recordar. Mi mente había corregido por años la imagen primera, la que tuve cuando leí La Odisea. No es cierto que hubiera sólo riscos y que el peligro fuera un naufragio. La playa estaba cubierta por una pila de cadáveres de los marineros que habían sucumbido al canto y fueron devorados.

Había estado toda esta noche en la frontera. Entre la vida y la muerte. Entre ser y no ser. Había estado en el quicio, como Manuel. En el instante en que la bala está a punto de salir de la pistola, como Don Pedro.

Entonces pasó algo fenomenal. Miré hacia arriba, en ese departamento sin techo y vi cómo las nubes se movieron hacia la luna y ésta, con su punta cortante, las venció, las separó. “El ojo corta la navaja”, pensé; “es capaz de cortar el corte mismo”. Al instante, el súcubo se fue desvaneciendo. Me incorporé, y cuando caminaba hacia la salida, rumbo la calle y el aire libre, aún se escuchaban destellos de la última aria:

Dilegua, o notte!
Tramontate, stelle!
Tramontate, stelle!
All'alba vincerò!
vincerò, vincerò!

No tardé en darme cuenta de que el resplandor de aquella maravillosa luna cortante era menor porque ya amanecía y empezaba a oler a pan. Sentía una ligera brisa en la cara: fresca, pero no helada. Sentía cómo me volvía la sangre. La liberación.

-¿Qué sentiste? –escuché una voz a mi espalda.

Me di la vuelta y, para mi sorpresa, y nuevo sobresalto, ahí estaba todavía Jaime. Agucé la mirada: parecía un espectro, pero no lo era. Sólo un hombre demacrado, de melena blanca, un poco sucio y con una mirada triste.

-Sentí bien feo: un vacío que me jalaba, y que no me soltaba. Pero me pude cortar. Un rayo pasó por mi mente y me corté.

-Ella me invita a verla –dijo, a manera de explicación, con una voz un tanto apagada-. Desde hace años me quiere mostrar que es capaz de seducir a hombres vivos. Que es como decir que yo le quité lo que más le importaba al momento de morir, y que de todos modos no se lo quité. Soy su hermano, no sé si me reconoces.

Asentí. Tomé una bocanada de aire.  

-No ha de ser fácil tener una muerte como la que ella tuvo –dije. El hombre, ya de por sí encorvado, se agachó un poco más, tal vez empujado por el peso de la culpa.

-Ni fácil desengañarse de no estar muerta. Ni fácil pasar los años pensando en lo estúpido y provocador que puede ser uno. Pensando en qué fácil que se te hagan pedazos tus ideas grandiosas y tu vida. En un instante, cataplum, todo se hace añicos. Y ya no vives.

-Pero estás vivo, tú no eres un fantasma –repliqué, en la esperanza de que me lo confirmara y también de que terminara de amanecer.

-No estoy muerto. Tengo cuerpo, piel, me da hambre y sed. A veces me río. Siente mi cuerpo -y me toca levemente la espalda-. Pero tampoco puedo asegurarte que estoy vivo de verdad. Me la paso huyendo de la escena del crimen, y cargo conmigo a su fantasma. Primero creía que eran pesadillas, que con los años se me pasarían, pero ella volvía en mis sueños a atormentarme. Y luego, fuera de mis sueños: “Ven conmigo”, me decía, “hagamos el amor en un mundo sin fronteras”. Yo sabía que pretendía que me suicidara, pero no lo hice… no lo he hecho. Porque sabía que mi rollo juvenil era endeble, y a fin de cuentas los tabúes son inamovibles. No se puede cambiar todo y esa fue mi derrota. Me la he pasado a medio camino, como esclavo: elegí no vivir para no morir del todo. Por eso la veo.

-¿Y ves a todos los que la acompañan?

-A todos los que conocí alguna vez, aunque algunos parecen a veces muy extraños. De tanto olvidarme del mundo real, para no sufrir la existencia, convivo más con fantasmas, y me convertí en su informador. Vengo a sus citas, y es –aunque te parezca extraño- lo que da sentido a mi ser.

-¿Araceli me habrá citado a mí?

-Yo le platiqué de ti, le dije que escribías cuentos eróticos bajo seudónimo. Pero tú viniste por tu propio pie. Tú la viste.

Eso quería decir que, sin saberlo de manera consciente, yo había elegido salir esa noche para encontrarme con los fantasmas. Que había fumado como condenado para agotar mis cigarros y las reservas de mis compañeros. Que cambié de ruta para ir como corderito al cadalso. Pero sobre todo, que yo también había elegido no vivir para no morir del todo. Por eso los podía ver, y pude interactuar con ellos.

 -Ah. Entiendo. Que te vaya bien –dije por cortesía, a sabiendas de que Jaime tenía razón: lo que él tenía no era vida-. Gracias por la advertencia –y el hombre pálido esbozó una tibia sonrisa, bajó la cabeza, levantó el brazo a manera de saludo, se dio la vuelta y se alejó.

Tomamos caminos distintos. No tenía caso regresar hacia Bucareli, así que me encaminé a Reforma. Quería caminar por calles menos estrechas. Jalaba el aire con fuerza, como queriendo tragármelo todo, y me venían accesos de tos. Escupí unas flemas. Quise pensar que en ellas tiraba parte del espíritu de los fantasmas que se me había metido en los pulmones. Sabía que otra parte me acompañaría todavía mucho tiempo.

Supe también que ese mismo día iría a vivir otra vida. La mía. Había visto efectivamente la muerte, pero la luna podía cortar una nube y el ojo podía cortar una navaja. No sólo había vislumbrado. Había visto. Y había elegido bien.




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